viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Quién dijo Photoshop?

Hoy, quiero hacer algo útil con este blog. A algunos amigos os he mencionado alguna vez a mi tío (o tío gemelo, como le llamo yo) Salva. Sí, el fotógrafo que es muy alto, muy delgado y que tiene un pelazo que envidio profundamente. Pues quiero anunciaros que va a haber una exposición con algunas de sus fotos, más o menos unas 23. Por el título, Un punto de vista sencillo ¿Quién dijo Photoshop?,creo que podéis deducir que ninguna de las fotos ha sido retocada digitalmente (Sí, el objetivo de su cámara combinado con su talento es así de awesome).
La inauguración es el 18 de éste mes, cae un jueves así que dudo que podáis ir, pero os aseguro que valdrá la pena.
Es en el Café Unión. Calle Unión 1, Madrid, Metro Ópera. Si surgen cambios os lo haré saber. También se pueden comprar la fotos, que aunque a vosotros eso ni os va ni os viene, puede que a vuestros padres les interese algo. Por desgracia, no voy a poder verla, ¡así que disfrutad de la exposición por mí!

Aquí os dejo su flickr y algunas fotos suyas. Hala, ¡cuento con que vayáis!

jueves, 4 de noviembre de 2010

Désolée, je suis satanique.

Hoy, he sufrido el ataque de dos testigos de Jehová. Os pongo en escena:
Cojo el bus al acabar el colegio para ir a la academia de música donde recibo clases de bajo todos los jueves. Como de costumbre, llego demasiado pronto y tengo que hacer tiempo durante unos 40 minutos. No es un problema; me siento en el banco de siempre que mira al río, no sin antes pasarme por la Boulangerie y comprarme media barra de pan con chocolate. Total, que ahí estoy yo, devorando mi merienda del día, escuchando My Chemical Romance y observando patos cuando, diviso dos personas acercándose (En realidad, estaban bastante cerca, pero todos sabemos eso de que paso olímpicamente de ponerme la gafas, y como consecuencia veo borrones en lugar de personas.) .
Se paran delante de mí un hombre alto, delgado y de piel oscura junto con una mujer bajita, muy pálida, rozando los 50 y con la nariz operada. Los dos están sonriendo. La mujer dice algo que no oigo por la música, supongo que algo como "¿Dónde está tu mamá, pequeña?". Supongo mal. Apago el iPod de mala gana, estaba llegando al estribillo de Helena. Entonces es cuando lo veo: llevan entre las manos unos folletos sospechosos. Es una foto de un atardecer, la típica que te ponen en una presentación de PowerPoint sobre algo tremendamente aburrido. Luego, en blanco, en cursiva pone algo en francés del amor de Dios. Llegados a este punto, me empiezo a asustar. La mujer me dice que son testigos de Jehová, que están aquí para predicar la palabra de Dios y no sé qué más.
¿Estoy entendiéndolo todo? Sí. ¿Qué digo? Pues que "Excusez moi, je ne parle pas très bien le français". Por supuesto, poniendo un acentazo español bestial, para que se note que no miento. Se miran con desesperación, pero entonces, (¡oh no!) la mujer abre su bolso y me da un papel. En castellano. Ponía algo así como "Aunque no hablamos el mismo idioma, te quiero iluminar el verdadero camino de Dios y ayudarte a ser feliz y bla bla bla......". El resto solo fingí leerlo. Me hicieron algunas preguntas tipo "¿Estudias aquí?", "¿Puedes leer francés?". Tras hacer como que no me entero de nada durante un rato, deciden rendirse.
Miro el reloj. Son las 4:25, así que salgo corriendo. Supongo que a los señores estos le habrá parecido que estaba huyendo de ellos (que también), pero no era mi intención.

Ahora, me doy cuenta de lo bien que me habría venido llevar puesta una de mis posesiones más preciadas, el collar ese súper sádico que me "regaló" Kamake. Pienso, casi en serio, que si ese hubiese sido el caso podría haber contestado que no puedo unirme a ellos, ya que soy satánica. Me habrían creído. Seguro.

sábado, 16 de octubre de 2010

Las nutrias

Sé que hace meses que no escribo nada, a pesar de que tengo tanto que contar que podría escribir durante horas. Lo de contar mi vida de esta forma, no es lo mío.
Mencioné la última vez, que en el parque Procé, que está enfrente de mi nueva casa había un lago con nutrias. Mi madre, mi hermano y yo estábamos tan contentos con la ilusión de que
había nutrias en ese lagucho con agua marrón, mientras mi padre nos repetía que aquello sería de todo menos lutrinae, principalmente porque las estos viven en aguas cristalinas y no en parques nanteses.
Muy decididos, cogimos a mi padre y lo llevamos hasta donde vivían nuestras nuevas mascotas, y por primera vez las vimos enteras a la luz.

En efecto, no eran nutrias. Eran ratas de agua. Descumunalmente enormes y con un rabo largo y delgado.


Ahora, mi madre ya no las encuentra monas, le dan mucho, mucho asco. Pero, mi hermano y yo seguimos encontrándolas adorables.

viernes, 20 de agosto de 2010

Nantes está lleno de peluquerías.

Y de pastelerías. Pero sobretodo de peluquerías. Hay una, literalmente, cada cien metros. Lo normal con tanta peluquería sería que fuesen todas muy baratas, pero no. Esperemos que al menos, sean todas absolutamente geniales (Sé que las pastelerías lo son).
La casa nueva es algo más grande que la de Madrid, y de algún modo he conseguido quedarme con la habitación más grande de las tres. En realidad, la más grande es la de mis padres, pero hay un armario descomunal que ocupa la mitad del espacio, así que se queda como la más pequeña.

Anteayer, tras estar unos veinte días viviendo en un piso vacío y durmiendo en camas hinchables, llegaron dos hombres con veintitrés cajitas. Entre ayer y hoy mi padre y mi hermano han convertido este sitio en una casa. ¿Y por qué ellos? Porque en Francia Ikea no incluye el montaje.
Y así tras prácticamente un mes esperando que trajesen los muebles, tenemos todos mesas, estanterías y colchones.

De los alrededores no me puedo quejar: estamos al lado de un parque enorme lleno de patos. Y no solo patos, no. Patos, ocas, pavos, gansos, gallinas y (chan chan chaaaan) nutrias. Luego el centro de Nantes está a unos veinte minutos andando, y por primera vez en mi vida, quiero tener una bici. Tuve una en Bélgica, sí, pero de eso ya hace unos cinco años, y ahora en esa bici parezco un gorila.

Me han cambiado ya tres veces de colegio, y en teoría iba a estar en lo que aquí llaman "quatrième". Razonamiento de un español: quatrième = cuarto de ESO. Pues no. Me estaban bajando DOS cursos. Resulta que estoy en el primer año de lycée, pero para entrar en en lycée que molaba (especializado en cine y comunicación audiovisual y clases de teatro) había que hacer un examen, algo así como la selectividad de España. Y, obviamente, a tres días de que empiecen las clases...


jueves, 22 de julio de 2010

La siniestra casa del señor.

Resulta que tengo una tía-abuela que se escapó de casa con 18 años y se metió a monja. Monja de clausura. Y hoy tocaba visitarla. Yo obviamente he ido obligada, porque al fin y al cabo para mí no es más que una señora a la que no conozco de nada. Pero debo admitir que hoy he descubierto algo: los conventos dan muy mal rollo. En la "sala de espera" (por llamarlo de alguna forma) solo había un cartel en la pared en el que ponía:
"Hermano, una de dos:
o no hablar, o hablar de Dios."

A mí, sinceramente eso me dio miedo. Al lado de la puerta que daba al interior del convento estaba el torno, que era como una mini puerta giratoria de madera de a saber qué siglo, y servía para pasar cosas del convento a los visitantes sin tan siquiera verse. Cuando ya era nuestro turno, nos pasaron la llave para entrar a lo que yo llamaré "la habitación de las rejas". Ya puede uno imaginarse por qué. El caso es que entrabas en esa habitación, te sentabas en una silla de frente a las rejas y esperabas a que al otro lado apareciese quien sea que fueses a visitar.

Ahora bien, imaginad lo siguiente: tú en una habitación pequeña y oscura de frente a unas rejas oxidadas. Al otro lado, aparecen dos figuran encorvadas que se acercan lentamente y te hacen gestos con la mano para que te acerques.
Suena a peli de miedo, ¿verdad? Pues eso veía yo desde donde estaba. En serio, daban ganas de salir corriendo y lanzarte por la ventana.

La madre superiora nos ofreció agua, que nos pasaría por el torno. Mi madre y su primo (que era el que más cerca estaba de la puerta), se levantaron para ir, pero la madre superiora va y dice:
- No no Agustín, que vaya Pili.

Y sorpresa sorpresa, con el agua nos regalaron unas estampitas de la Virgen y Santa Teresa. A esas alturas, yo ya le dije a mi madre que todo aquello me daba mucha grima y que me quería ir.
Lo único bueno de todo aquello, fue que cuando por fin nos íbamos de aquel lugar siniestro, nos dieron huevos. ¡Huevos!
Uno piensa "Pues vaya cosa, unos huevos...", pero esque los susodichos huevos eran de las gallinas que criaban allí mismo, es decir, de los buenos buenos. Hace un rato me he comido dos, y he de decir que aunque no me halla gustado nada el sitio, volvería solo por los huevos del final.