Los miércoles por la tarde, mi horario es de lo peor; una hora de mates, hora y media de biología y hora y media de experimentos de química. Para estas dos últimas asignaturas, mi clase se separa en dos, y mi grupo tiene el experimento lo último. Cuando vamos a cambiar de clase, intercambiamos informaciones sobre lo que se va a hacer en cada materia, pero ayer fue una día tarde distinta. Toda la gente del primer grupo salió llorando o secándose las lágrimas, las chicas llevaban el maquillaje hecho un asco y los chicos se tapaban la cara de vergüenza. Nos lo contaron rápidamente: el profesor les había sacado de uno en uno delante de todos, y les había reprochado de la forma más desagradable posible todo lo que hacían mal. Había sido tan duro, que incluso los chicos habían llorado. Ya podéis imaginar que nosotros entramos a clase
Entramos en el laboratorio, y Aboudeine [Abudén] se limita a decirnos muy seriamente que saquemos el libro, la blusa y el estuche. Y yo en mi caso, las gafas porque sin ellas no veo tres en un burro, y mucho menos las rallitas de los frascos graduados. Tras entregarnos la hoja explicativa del TP de esa tarde y darnos algunas indicaciones, nos dejó empezar. Nos mirábamos entre nosotros, extrañados de que no nos fuese a humillar como a los otros. El experimento consistía en mezclar 5mL de linalol puro, 10mL de anhídrido acético y ponerle cuatro piedrecitas que no sé para qué servían. Luego había que calentarlo unos quince minutos y conseguíamos perfume, o algo parecido.
Mi pareja en los experimentos es M, que es la que mejor habla inglés en mi clase y la que me cuidó los primeros días. Hacia la mitad de la clase, era hora de destapar el frasco con el líquido ya calentado. Mientras M lo sujetaba, yo lo destapé, acercándome mucho para no destrozarlo todo como otras veces. En cuanto el tapón estaba fuera, salió un gas del frasco, que aunque en parte fue detenido por mis gafas de pasta, me cegó al instante, haciendo que me retirase bruscamente y se me cayese el tapón a Dios sabe dónde.
Y entonces me empezaron a escocer lo ojos de una forma bestial. Se empezaron a formar lágrimas, pero de lo fuerte que los tenía cerrados no podían salir. Podía notar cómo todos me miraban, y M, S y T me preguntaban si estaba bien. Desde fuera, se me vería encogida, tapándome la cara y sin moverme. Cuando por fin pude entreabrir unos segundos los ojos, vi cómo Aboudeine me decía que saliese fuera. Llegados a este punto, parecía que en lugar de ojos tenía dos cataratas, y por la forma en la que me quemaba la cara, diría que estaba bastante roja.
Mi conclusión era que habíamos mezclado algo mal, y al hacerlo había (aparte de quedado en ridículo delante de todos) estropeado nuestra mezcla. Pero a los pocos minutos, empezaron a salir todos mis compañeros también entre lágrimas y risas. Habíamos sido víctimas de un acuerdo maligno profesor-alumnos para aprender una buena lección:
En el laboratorio, SIEMPRE hay que llevar gafas de seguridad.